"Por esto, cuando se trata de poner en marcha una universidad eminentemente tecnológica --la cual, no por capricho, se autodenomina "la Universidad del Futuro"-- es preciso tener una lúcida y clara consciencia del fenómeno de la técnica, así como de lo que ésta implica y reclama."Ernesto Mayz Vallenilla La Universidad y el Mundo Tecnológico.
Recopilado en El Sueño del Futuro, Editorial Equinoccio 1998.
El medio del correo electrónico impone una cierta brevedad
en los mensajes y una cierta impaciencia en su lector. De modo que trataré
de pecar de escueto, extendiéndome sólo en caso que ustedes
me lo reclamen.
En este mensaje procuraré aclarar algunos aspectos del primero de los tres temas originales que propuse debatir: ¿Qué es la tecnología?
Recomiendo a quien esté interesado en el tema la obra citada
de nuestro rector fundador y cómo estoy incapacitado para tratar
el tema con su profundidad, les ruego de antemano me perdonen el tono que
he elegido. Asimismo reconozco que muchas de las ideas que expreso
no se originan conmigo sino que las he tomado prestadas del artículo
sobre tecnología que se encuentra en la Encyclopaedia Britannica
(15th edition, 1974 --lamentablemente no tenemos una edición más
reciente en nuestra Biblioteca).
Sin embargo los significados de las palabras son criaturas muy inquietas
que reflejan los caprichos mutables de sus creadores y usuarios (de allí
la exasperación de Humpty Dumpty, citada hace poco en un correo
sobre reingeniería). Cualquiera que haya consultado el asombroso
Oxford English Dictionary, siempre listo para capturar el más tenue
cambio de matiz semántico, sabe que la raíz etimológica
de una palabra puede guardar poca relación con su significado actual.
Más o menos por esta época interviene la Real Academia de la Lengua y con hispana hidalgía, registra en su Diccionario de la Lengua Española, dos significados para el término que discutimos:
La victoria de Estados Unidos y sus aliados en la segunda guerra mundial se atribuyó en buena parte a su portentosa capacidad de avance tecnológico. La época de la posguerra completó y divulgó la increible transformación de los Estados Unidos de una sociedad austera y puritana a una de las sociedades aparentemente más consumistas, hedonistas y ricas del planeta. Semejante abundancia era la envidia y la meta de todos.
Era claro que la tecnología había producido y produce unos pingües beneficios materiales en áreas claves para el bienestar humano como seguridad alimentaria, la reducción de la tasa de mortandad, el abaratamiento en los precios de bienes manufacturados y el incremento en las facilidades de transporte y comunicación.
La pregunta clave es ¿cuál es el costo que hay que pagar
para obtener esos beneficios? ¿Los beneficios justifican esos costos?
En ocasiones, han aparecido nuevas tecnologías cuyos productos parecen el resultado de un pacto con el diablo. Goethe cuenta como poco antes de morir, ya viejo y ciego, Doktor Fausto emprendió un grandioso proyecto de reclamación de tierra al mar; a espaldas de Fausto, y entre grandes risas, los demonios deshacían sus esfuerzos. Moraleja: Lo que gana la tecnología por un lado, puede que lo pierda por otro.
El viejo, y quizás más profundo, temor de los humanistas es que lo que la tecnología gana en bienestar material lo pierde el hombre de su alma.
Por eso el humanista tiene que ayudar al tecnólogo. Para parafrasear una conocida frase sobre la política, la tecnología es demasiado importante como para que dejarla sólo en manos de los tecnólogos. Tenemos la obligación moral, humanistas y tecnólogos, de trabajar juntos para dirigir correctamente su extraordinario potencial para el bien, evitando su no menos pasmoso potencial para el mal.
En una época se hablaba de que la tecnología tiene su propia lógica inexorable, y que la humanidad corría el peligro de dejarse dominar por ella y por el "perverso espíritu de las cosas" que ella epitomiza. No es así. La tecnología la hacen las mujeres y los hombres. Somos nosotros quienes determinamos hacia dónde la vamos a llevar. Lynn White, quién estudió la tecnología en el medievo, comentó acertadamente que la tecnología abre puertas pero no nos puede obligar a pasar por ellas. De hecho hay tecnologías que hemos ido descartando por feas, torpes, ruidosas, contaminantes, físicamente peligrosas, embrutecedoras y desempleadoras. Es decir, los tecnólogos hemos terminado por escuchar las críticas preclaras que ya asomaban los románticos. Si hubieramos trabajado junto con esos humanistas, si nos hubiéramos escuchado más atentamente, quizás nos hubiéramos ahorrado todos muchas amarguras.
La tecnología que yo opino que la USB debería estudiar,
desarrollar, impartir y promocionar es una tecnología humana de
dimensión social. Estas no son meras palabras altisonantes; ya existe
un precedente para estas ideas en el movimiento escandinavo de diseño
participativo. Ese tipo de tecnología no se maneja sólo
con los criterios y requerimientos clásicos de costo mínimo
y eficiencia máxima, sino que adicionalmente buscan un delicado
punto de equilibrio entre requerimientos sociales, ergonómicos,
ecológicos, legales, políticos, estéticos y culturales.
[Seguirá...]